La misma arcilla que me creó,
sembró en mí dioses de barro,
que llenaron de gusanos
las manzanas de un idílico paraíso.
Llevo en mis pies cenizas
de millares de corazones carbonizados,
arrastro mis sandalias
sobre fríos cadáveres de sueños muertos.
Persiguen mis días
Céfiros ardientes soplando enloquecidos,
cargo sobre mis espaldas
todas las rocas que Sísifo no arrastró,
nudos gordianos atenazan mi pecho,
sin un Alejandro que los sepa cortar.
Damocles alzó sobre mí
su gigantesca espada de sangre sedienta,
mis sueños huyeron
en busca de otros mares, en la barca de Caronte.
Se me negó hasta la ilusión
de bajar por mi misma a los infiernos,
arrancando de cuajo la esperanza,
de poder encontrar a mi Beatriz.
Quemaron arboladuras y velas de mi barca
con el ardiente soplo de sus mentiras,
mi alma desmenuzada por los arrecifes
se perdió en el laberinto de Teseo.
Pediré a Judas dos monedas,
para poder sobornar al Can Cerbero,
y huir de este oscurecido mundo
de falsas cuarentenas y cuaresmas,
de los falsos dioses de barro
que cortaron las alas de mis sueños,
arrancando de raíz las alegrías
que iban brotando en mi mente infantil,
hundiendo mi corazón en la ciénaga
donde solo pululan las tinieblas.
A todas aquellas y aquellos que por culpa de absurdos credos, tuvieron que esconder sus sentimientos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario