miércoles, 28 de noviembre de 2018

La Alemana Romance







La Alemana 

Oigo susurrar al viento golpeando mi persiana
mientras va sembrando nombres sobre los pies de mi cama,
nombres que ya se fundieron bajo las sombras tan largas
que vigilan a los sueños que perdieron la esperanza.

Cuántos nombres conocidos veo sobre mi almohada,
padres, vecinos y amigos que figuran ya entre malvas,
y un recuerdo entre las brumas de aquella mujer tan alta.

Todos los niños del barrio se reían de su facha,
de aquel su andar tan torcido de figura desgarbada.
Ella seguía su paso con un rictus en la cara,
reflejando la tristeza de una juventud amarga,
recordando que de niña ella también se burlaba
de la gente que a su vez parecían gentes raras.

Pero infundía respeto a su paso por la plaza.
Los más viejos del lugar aun recuerdan su llegada,
fue por el cuarenta y seis, tras una guerra muy larga.
Uno de los viejos dice; ¡Cuando vino era muy guapa!
Muy alta de pelo rubio, pero triste la mirada.
En el pueblo comenzaron, a llamarle “La Alemana!

Y las comadres tuvieron razones para sus charlas,
preguntándose entre ellas; ¿Quién será esta descocada?
Nunca se la vio con nadie, siempre sola en su veranda
mirando pasar los niños que la tomaban a guasa
y por sus ojos azules dos lágrimas escapaban,
recordando aquellos campos donde anduvo de guardiana.

A su mente acuden rostros de aquellas almas tempranas
que no sabían de muertes tras las lluvias de agua clara,
esas aguas que robaron a los niños su mañana,
en alguna ducha fría que con los sueños acaba.

¡Y os lo juro! ¡Yo lo vi! ¡Dios mío, cuánto lloraba
asomada al alfeizar! ¡Lloraba hasta la ventana!
¡También el pueblo lloró, cuando murió la alemana!

Yo también mucho lloré pensando en la vida mala,
esa que a veces obliga a estar en una enramada,
sin que puedas decidir que puedes hacer mañana,
si otros deciden por ti que serás lobo en manada.

Hoy han pasado los años y lloro por La Alemana,
aquella pobre mujer obligada a ser guardiana
de campos donde los niños en alguna madrugada
vieron morir a los sueños... detrás de una ducha helada.




Oigo susurrar al viento
golpeando mi persiana
mientras va sembrando nombres
sobre los pies de mi cama,
nombres que ya se fundieron
bajo las sombras tan largas
que vigilan a los sueños 
que perdieron la esperanza.

Cuántos nombres conocidos
veo sobre mi almohada,
padres, vecinos y amigos
que figuran ya entre malvas,
y un recuerdo entre las brumas
de aquella mujer tan alta.

Todos los niños del barrio
se reían de su facha,
de aquel su andar tan torcido
de figura desgarbada.
Ella seguía su paso
con un rictus en la cara,
reflejando la tristeza
de una juventud amarga,
recordando que de niña
ella también se burlaba
de la gente que a su vez
parecían gentes raras.

Pero infundía respeto
a su paso por la plaza.
Los más viejos del lugar
aun recuerdan su llegada,
fue por el cuarenta y seis
tras una guerra muy larga.
Uno de los viejos dice;
¡Cuando vino era muy guapa!
Muy alta de pelo rubio
pero triste la mirada.
En el pueblo comenzaron
a llamarle “La Alemana!

Y las comadres tuvieron
razones para sus charlas,
preguntándose entre ellas;
¿Quién será esta descocada?
Nunca se la vio con nadie,
siempre sola en su veranda
mirando pasar los niños
que la tomaban a guasa
y por sus ojos azules
dos lágrimas escapaban
recordando aquellos campos
donde anduvo de guardiana.

A su mente acuden rostros
de aquellas almas tempranas
que no sabían de muertes
tras las lluvias de agua clara,
esas aguas que robaron
a los niños su mañana
en alguna ducha fría
que con los sueños acaba.

¡Y os lo juro! ¡Yo lo vi!
¡Dios mío, cuánto lloraba
asomada al alfeizar!
¡Lloraba hasta la ventana!
¡También el pueblo lloró,
cuando murió la alemana!

Yo también mucho lloré
pensando en la vida mala,
esa que a veces obliga
a estar en una enramada
sin que puedas decidir
que puedes hacer mañana,
si otros deciden por ti
que serás lobo en manada.

Hoy han pasado los años
y lloro por La Alemana,
aquella pobre mujer
obligada a ser guardiana
de campos donde los niños
en alguna madrugada
vieron morir a los sueños
detrás de una ducha helada...


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