Silva arromanzada con endecasílabos en gaita gallega
Un caballo relincha una mañana de agosto en la vega, ya los gitanos encienden la lumbre, nubes muy negras, presagian tormenta.
Deambula una sombra a la luz de las velas, con su verde ropaje anda la muerte... buscando un poeta y el lucero del alba marcha llorando a perderse en la niebla.
A la luz de la luna una guitarra de pronto se encrespa, un llanto lastimero resuena por la sierra, una gitana con gritos al viento dice que ha visto... la muerte de cerca y un palomo llorando lleva una herida en sus labios abierta.
Y dijo la gitana, como buena hechicera; Te cerrarán la boca como hombre amigo… no como poeta, que tu voz Federico; va resonando... por toda la tierra.
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A la luz de la hoguera
https://youtu.be/lckC3W6xGrI
Silva arromanzada con endecasílabos en gaita gallega
Un caballo relincha una mañana de agosto en la vega, ya los gitanos encienden la lumbre, nubes muy negras, presagian tormenta.
Deambula una sombra a la luz de las velas, con su verde ropaje anda la muerte... buscando un poeta y el lucero del alba marcha llorando a perderse en la niebla.
A la luz de la luna una guitarra de pronto se encrespa, un llanto lastimero resuena por la sierra, una gitana con gritos al viento dice que ha visto... la muerte de cerca y un palomo llorando lleva una herida en sus labios abierta.
Y dijo la gitana, como buena hechicera; Te cerrarán la boca como hombre amigo… no como poeta, que tu voz Federico; va resonando... por toda la tierra.
Me muero por ti de amor y veo que no lo entiendes,
creo amor que no comprendes, que me inflamo con ardor.
Qué tan solo con tu olor ya mi carne se derrite
y busco que alguien me quite, ese picor que atormenta
mi mente calenturienta, que precisa, de tu envite.
Aspiro romper las dunas, esas que no rompe el viento
y me atosigan el alma, hasta robarme el aliento,
sin permitirme alcanzar, la raya del horizonte
por el que pueda escapar, buscando una nueva senda,
que le devuelva la fe, a esta alma mía, tan negra,
que ya no sabe por qué, sigue viva... y no está muerta.
A tu desprecio me rindo,
ya no sé que más decir,
pero creo debes oír
que por ti, bajé del guindo.
Me muero por ti de amor
y veo que no lo entiendes,
creo amor que no comprendes
que me inflamo con ardor.
Qué tan solo con tu olor
ya mi carne se derrite
y busco que alguien me quite
ese picor que atormenta
mi mente calenturienta
que precisa de tu envite.
Aspiro romper las dunas,
esas que no rompe el viento
y me atosigan el alma
hasta robarme el aliento,
sin permitirme alcanzar
la raya del horizonte
por el que pueda escapar
buscando una nueva senda
que le devuelva la fe
a esta alma mía tan negra
que ya no sabe por qué
sigue viva y no está muerta.
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Berta y Marcos caminaban por la playa, el aire salino acariciaba sus rostros y llenaba sus pulmones con un sabor a nostalgia. Habían sido inseparables desde la infancia, pero hacía tiempo que las sombras de un silencio incómodo les separaban más de lo que ellos deseaban admitir.
Berta miraba el mar con ojos perdidos, recordando momentos felices que se sentían lejanos y desdibujados. Había querido decírselo tantas veces: su cariño, su deseo, su tormento. Pero las palabras parecían desvanecerse, ahogadas por el miedo al rechazo. Esa tarde, el eco de sus pensamientos resonaba más fuerte que el rugido de las olas.
A tu desprecio me rindo, murmuró Marcos, como si leyera su mente. Se detuvo y giró hacia ella, con una tristeza palpable en su voz. Ya no sé qué más decir, pero creo que debes oírlo. Por ti, dejé mis sueños y caí en este abismo sin final.
Berta sintió que el corazón le golpeaba fuerte en el pecho. ¿Qué quieres que entienda, Marcos? Su voz temblaba mientras buscaba la manera de expresar lo que sentía. ¿Qué debo comprender de este amor que arde y que nos consume sin darnos tregua Me muero por ti, y veo que no lo entiendes.
Marcos la miró fijamente, el destello de su amor oculto brillando entre las sombras de la melancolía. Creo, amor, que mi ardor no te ha llegado. Me inflamo por ti, pero temo que tú no sientas lo mismo… Era como si unas cadenas invisibles los mantuvieran cautivos en un ciclo doloroso de inseguridad.
El aire cargado de incomunicación se volvió denso entre ellos. Solo con tu olor, mi carne se derrite, continuó él, su voz un hilo de desesperación. Pero busco a alguien que me quite estas dudas que atormentan mi mente. ¿Acaso no ves la tormenta que llevamos dentro?
Berta sintió un leve temblor de esperanza en su pecho, como si una luz pequeña comenzara a asomarse entre la penumbra. Aspiro a romper las dunas de nuestra indiferencia, confesó. Esas que el viento no puede deshacer, pero que me asfixian el alma.
Marcos extendió su mano hacia ella, la palma abierta, un puente tender hacia lo desconocido. ¿Y si escapamos de todo esto? preguntó. ¿Y si nos proponemos alcanzar la raya del horizonte juntos, buscando una nueva senda que nos devuelva la fe?
Ella miró su mano, la tuvo entre las suyas y sintió que algo se desataba dentro de ella, como el tronar de un rayo en una tormenta. Esa oportunidad, esa promesa de dejar atrás los temores y los rencores atrapados, era su salvación.
Quizás, solo quizás, esta alma negra que tengo dentro necesita de ti para volver a vivir, dijo Berta, con la voz entrecortada y la esperanza brotando como una flor en medio de la adversidad.
Y así, entre el murmullo del mar y el cálido abrazo del viento, Berta y Marcos comenzaron a caminar, dejando atrás una melancolía que había dominado sus corazones.
Con cada paso, el eco de su amor resonaba más fuerte, recordándoles que aún en la oscuridad, siempre había una luz dispuesta a guiarlos hacia la esperanza.
Pero no llegaron a alcanzar la raya del horizonte,
la inseguridad y las dudas no son buenas compañeras de viaje
Un genio en donde lo hubiera, un gigante entre gigantes. Su mochila cargaba con lindos versos de amor, con letras que conjugaba, llenándolas de pasión.
Con sabiduría en ellas, consejos del bien saber. Muchos años de poeta reflejando un buen hacer.
Un alma que siempre inquieta en lucha por renacer. nos regalaba con letras, la grandeza de su ser.
Caballero sin coraza, para él no había rival, su pluma cortaba el viento desde su mar a mi mar.
De las letras adalid, del amor un campeón, así era mi amigo Boris, un poeta con blasón.
Pluma de ley en sus manos, hecha para versear, ¡cuántos sueños revivieron, en tardes junto al hogar! Nunca supiste de miedos, lanzaste tus pensamientos a cruzar los cuatro vientos, en busca del verbo amar. Para ti son estas letras, que me salieron del alma, esa que tu verso calma, mientras leo frente al mar, lo de aquella calesita de tu tierna juventud, que crea en mí la inquietud, haciéndome recordar.
Me traslado con tus versos a un tiempo, que ya pasado, sigue viviendo a mi lado y tú lo haces revivir con la fuerza de tus letras, que plenas de sentimiento llenan almas con tu aliento, que las incita a vivir.
Ya eres grande amigo Boris, no simplemente un poeta como tú decías ser, sino algo mucho más grande, algo a lo que tú llegaste, con el alma y corazón de quien ya... nació poeta.
Quizá un mañana, mis nietos así digan; ¿leíste a Boris? ¡Pues hazlo ya! ¡Fue un amigo de mi abuela!
Raza de poetas
Octonario
Toda América encendida con antorchas de poetas, plumas al amor prendidas, savia derramada en letras de corazones que tiemblan al estallido del verso de tantas almas que sueñan con la fragancia de un beso.
De México a Patagonia desde Julia hasta Juanita, ¡cuantas plumas en la gloria alrededor de Alfonsina! Versos que en el alma pesan dejando miel en los labios de las colmenas de Peza y sonetos de Palacios.
Y esos versos del gran Boris, que nos llenan de recuerdos de aquellos tiempos añejos que guardamos en el alma, con ese saber hacer de una pluma que bien plasma latidos del corazón que nos llenan de esperanza.
Con las rosas de Martí sembró jardines Darío, que las regaba Bellí, en las mañanas de estío, cuando Hernández nos cantaba las hazañas de aquel Fierro cabalgando por La Pampa con la que soñó Vallejo.
¿Y qué decir de Granado, de Freyre o del Gran Neruda? mi voz en ronca se muda ante el versar de Obligado y lágrimas como olas con esas sombras de Ureña o ante el dulzor de Espínola, que versa como lo sueña.
Despiertan sueños dormidos los cantos de los poetas, por ríos de siete estrellas navegan los angelitos de aquel gran poeta Blanco que quiso pintarlos negros, al estar hasta los flecos de tantos niñitos albos.
Que sirva esto de homenaje, aunque corto y queda pobre, a muchos dejé en el sobre, quise plasmar el bagaje, de esos poetas enormes que hicieron las letras grandes poniendo amor y coraje lanzando al viento sus cantes.
Los que faltan saben bien que no me olvidé a ninguno, hubiera querido hacer, el nombrarlos uno a uno, quizás en otra ocasión, ¡pero ellos muy bien lo saben, que guardo en el corazón... los que en el papel no caben!